¿Por qué tanto histrionismo y alboroto en los espacios públicos de nuestro mundo? ¿Se encuentran algunas causas nobles en riesgo? Nada de eso. Los hombres y mujeres de esta época son tan estruendosos y vocingleros simplemente por que desean destacarse y sobresalir, afirmarse por encima de los demás. Y puesto que ese es su propósito, su propósito esencial, por eso berrean y se desnudan, se maquillan y se hacen cirugía, se tatúan y se pelean, se mienten y se atacan. Y esto lo hacen sobradamente hasta que los oídos y los ojos de los demás queden prendados a los extremófilos comportamientos verbales y gestuales que manifiestan. Y la fiebre está tan intensamente acentuada en nuestros contemporáneos que ni los científicos y religiosos se escapan.

Naturalmente, esto no es nada nuevo, ni en sustancia, es algo que sea meramente humano. Quien haya tenido la oportunidad de ver las ruidosas competencias de los ciervos y las arrogantes presentaciones de los pavos reales durante los periodos de celo, o al menos se haya aproximado a algún estudio realizado al respecto, se habrá dado cuenta de los extremos a lo que puede llegar un animal para llamar a la atención visual o auditiva con fines de ganar dominio y atraer pareja.

Previo al período de reproducción, los ciervos macho, por ejemplo, abarrotados de testosterona, acumulan muchísimos recursos energéticos y regeneran sus enormes astas con la finalidad de encontrarse en forma para cuando inicie la competencia por cópulas.

Estos periodos de ligas de los ciervos son todo un espectáculo. Puesto que hay otros machos afanados por obtener la mayor cantidad de cópulas posibles, cada macho se da por objetivo inmediato obtener una posición de dominio. Esto supone controlar el mejor territorio donde pastan y sacian su sed las hembras, pero también requiere espantar a los demás pretendientes.

El control de este territorio, que por lo demás funciona como especie de lek, espacio de exposición antes las hembras, no lo obtienen necesariamente mediante el despliegue inmediato de violencia física. Contrario a lo que pensamos los humanos «civilizados», los machos se esfuerzan por evitar los enfrentamientos físicos debido a los riesgos vitales que implican. Por ello estos ciervos recurren a una especie de marketing de fuerza.

El berreo es su primera estrategia en ese sentido. Colocados en un buen territorio con muchas hembras, los machos emiten estos intensos sonidos con el propósito de advertirles a otros machos que el territorio y las hembras allí presentes están bajo su dominio. Los demás machos evaluarán el tamaño, salud y fuerza de ese macho a través de su berreo. Si desestiman la advertencia informada, entonces los machos recurrirán a una segunda estrategia: exhibir su tamaño corporal y el tamaño de sus astas. Si los machos desafiantes terminan por evaluar negativamente la información, entonces el enfrentamiento físico probablemente sobrevenga.

Pero si la berrea y el tamaño del cuerpo y las cornamentas de un macho encierran mensajes de fuerza para otro macho publicitando entre ellos su probable imbatibilidad, estos mismos signos servirán a los ciervos macho para mercadear entre las hembras su salud y calidad genética. En efecto, las hembras prefieren estar próximo a machos fuertes, sanos y de buena estirpe genética. Ninguna querrá invertir esfuerzos reproductivos en descendientes con problemas insalvables, y los machos instintivamente lo saben. De ahí la elaborada ritualidad mercadológica de sí mismos que realizan durante las temporadas reproductivas con la finalidad de llamar la atención y atraer hembras.

Algo semejante acontece entre los famosos pavos reales. En un estudio experimental llevado a cabo sobre estas aves, Marion Petrie pudo demostrar la «correlación entre el grado de elaboración de los trenes de pavos reales y su éxito de apareamiento». La investigación pudo establecer que esta correlación era efecto de la alta preferencia de las hembras por los machos con las colas más suntuosas.

¿Pero por qué prefieren las hembras a estos machos de colas suntuosas? Las investigaciones de Petrie evidenciaron que los machos con colas muy atractivas portaban genes que hacían más probable la viabilidad de sus crías por lo que las hembras preferían a estos y no a los de colas poco atractivas, pues la descendencia de estos era menos viable.

De modo que la cola del pavo real es un mecanismo de marketing de la calidad genética de sus portadores. Es la estrategia que tienen estos pavos para anunciarse y atraer hembras en contexto de competencia por cópulas. Instintivamente saben que las hembras elegirán a los machos de más calidad, por eso se reúnen en un espacio determinado en el cual puedan desplegar sus suntuosas colas, mientras las hembras pasan y evalúan sucesivamente las colas. Es una estrategia requerida debido a los mecanismos de evaluación.

La hembra entre los pavos selecciona la mejor opción reproductiva

Ninguna hembra puede ver los genes, solo puede alcanzar la calidad de esto de modo indirecto por algún rasgo fenotípico que lo anuncie, la exuberancia de la cola del macho es ese rasgo del que se valen las hembras para inferir la calidad genética del macho para generar crías viables. Pues las hembras de esta especie, al igual que los ciervos hembra, no desean comprometer esfuerzos en crías con baja viabilidad.


Pero los machos tienen un recurso más. En un estudio realizado por investigadores de la Universidad de British Columbia, en Canadá, se pudo determinar que los machos fingen el grito copulatorio que emiten cuando están posando una hembra en aquellos momentos que no tienen hembras a su alcance (ver BBC Mundo 2014).


Rosalyn Dakin, una de las autoras del estudio sostuvo que con este grito por lo demás muy alto, las hembras tienden a dirigirse hacia el territorio que ocupa el macho, con lo que este incrementa sus posibilidades reproductivas. El engaño parece resultar de las preferencias de las hembras por aquellos machos que están teniendo encuentros sexuales.


Los humanos también definen espacios lek, de exhibición de sus mejores cualidades, dominados generalmente por jóvenes testosterónicos. Las discotecas, los restaurantes, los drink, algunas calles, las playas, los resorts, las fiestas de patios, no son más que áreas utilizadas por machos y hembras para mostrarse con fines selectivos.

Por los mismos motivos, también surgieron los espacios lek virtuales. Algunas redes se crearon exclusivamente para ligar, pero también lo son las redes generalistas, no especializadas en estos asuntos. Es evidente el intenso afán por sobresalir. Los que se creen «hermosos», haciendo gala de su supuesta belleza; los que se creen «ricos», haciendo ostentación de su riqueza; los que se creen «poderosos», esforzándose por presentar los signos de su «poder», y los que se creen muy «inteligentes», ofreciendo cátedra sobre cualquier cosa. Y como por lo general una gran proporción carece realmente de esas cualidades, sabiendo instintivamente de su utilidad, entonces recurre a la simulación, al crudo engaño. Por eso los salones de belleza, las clínicas de cirugía plástica, las tiendas de modas, el fia’o y el crédito bancario, las joyerías, las fotografías al lado de poderosos y famosos, los relatos de viajes a lugares exóticos, las fotografías en lugares finos, el hablar duro y oscuro de cosas que se desconocen.

Los modernos tambien se pavonean para obtener cópulas

El propósito de todo esto es salir del anonimato, destacar ante los demás, ganar influencia, fama y poder. ¿Y para que se quiere influencia, fama y poder? Para usarse como monedas de intercambio. Quien tiene fama y poder tiene más probabilidad de enganchar con mujeres atractivas, conseguir dinero, y ganar respeto social.

Los antiguos ya tenían claro este asunto. En la Ilíada Homero decía que la gloria y la fama se ganan en el combate. En la Odisea, la réplica de Telémaco al orgulloso y pretensioso Antínoo lo airea de otro modo. «¿Crees por ventura que el reinar sea la peor desgracia para los hombres? No es malo ser rey, porque su casa se enriquece pronto y su persona se ve más honrada».


En el Compendio Moral Salmaticense según la mente del Angélico Doctor del P. Fr. Antonio de San Joseph, publicado entre 1665 y 1753 se dice «La fama es mayor bien que el honor, por ser la opinión y estimación interna, que otros tienen de nosotros más preciosa, que el honor y reverencia externa, que nos hacen muchas veces con falacia y fingimiento». Hasta los acérrimos moralistas estimaban la fama por encima de valores tan altos como el honor. Naturalmente, hoy la fama se busca fuera de cualquier patrón moral.


De modo que todo ese alboroto que usted observa en los diversos escenarios presenciales y digitales del posmoderno mundo de hoy no es más que una nueva versión de nuestra ancestral disposición biológica a competir por nuestros objetivos vitales, cuyos propósitos mediadores son la fama, el dinero y el poder. Una disposición que a veces nos empuja por buen camino, pero que otras tantas, nos lleva a la perdición individual y social.



Isidro Tejada

Isidro Tejada es politólogo, experto en biología de la conducta política